Amor de primavera

Me gustan los personajes que le parten la cabeza al lector. Imagino a los hombres de la generación del 60’ enamorados de La Maga de Rayuela. No les pregunten, no lo van a reconocer. O se van a reír de sus amoríos adolescentes e ingenuos. Ahora Cortázar no es cool, lo decidieron la academia y otras órbitas cuando le pegaron una etiqueta en el lomo: “snob”.

Hace unos meses leí un artículo hermoso de Fabián Casas sobre el autor de Bestiario. Casas hace la gran Federer: el mejor tenista es aquel que utiliza la fuerza del rival a su favor, o sea, el que hace uso de la velocidad de la pelota que lanza su oponente para potenciar su propio disparo. El escritor de Boedo recibe los argumentos de su respetado rival y los devuelve con un revés letal: “No hay pasión por la indiferencia: hay ingenuidad y nobleza. Me doy cuenta de que le creo todo lo que dice. Entonces, tapado por la frazada escocesa, solo con mi perra Rita a los pies, me doy cuenta de que estoy llorando. Sí, sí, digo, mientras empino el quinto whisky, Cortázar tiene razón. Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones”. Match point.

Decía, me gustan las novelas que enloquecen al lector con los encantos de un personaje. Pero algunos protagonistas son poco recomendables a la hora de cegarse con sus gracias. Cuando era chico leí La Tregua, de Benedetti (que es menos cool que Cortázar, pero era muy chico, y sí, buen tipo el uruguayo, pero ya fue, ya fue) y me derretí por Laura Avellaneda: “joven, de rasgos suaves y ojos serenos, nariz fina, de pelo color negro y piel muy clara”. Me parecía tan hermosa y delicada que a mi corta edad me inspiraba una especie de amor espiritual libre de toda carnalidad. La chica sumisa enamorada de Martín Santomé, un cincuentón agobiado por toda una vida dedicada a las finanzas, no avivaba mi libido sino mi costado más sensiblero.

Avellaneda no es el mejor personaje para enamorarse. En primer lugar porque tal como anuncia el nombre de la novela, la protagonista es una tregua en la aburridísima vida de Santomé y por lo tanto, al final, muere. Tremendo bofetazo. Pero como si fuera poco, aún cuando el amor del lector tenaz sobreviva a su muerte, hay un segundo cachetazo: en la versión cinematográfica, el personaje de Avellaneda es realizado por Ana María Picchio. La morocha alta de rasgos delicados se hace carne y nos pega un voleo mortal en el centro del pecho.

5 comentarios:

rivito dijo...

lo mejor es tu reivindicación del uruguayo, no por él sino por vos...un gesto valiente por cierto

leticia dijo...

ejem, ejem, no se escude en su corta edad ("era chico")...no hay nada malo en que le guste benedetti, por las dudas no lo diga fuerte cerca de algún poeta contemporáneo...

ventarrón dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ventarrón dijo...

Es verdad, usé lo de mi corta edad como atenuante, de hecho lo remarqué dos veces.
Pues bien, lo pongo acá en los comentarios aprovechando que tienen menos visibilidad que el post: lo banco al yorugua... (que no se sepa).

Natalia Alabel dijo...

Che, no sos el único. Yo también lo quiero a Benedetti, es muy mi adolescencia.