Al cielo de tu boca el purgatorio

La clave era camuflar cualquier indicio de mi timidez, no dejar ningún resquicio por donde se filtrara. La amenaza más grave era el silencio y el ridículo, en ese orden. Como si la afasia me fuese a dejar desnudo frente a cientos de miradas burlonas.

Muchos novatos tienen una habilidad casi innata para superar este primer escollo con una facilidad humillante. Encadenan una palabra tras otra, escupen sujetos, predicados y entretejen circunstanciales como acróbatas lingüísticos.

Yo no soy así. Hasta entonces no lo había comprobado, pero ya lo intuía. Pensaba que mis palabras se iban a enmarañar hasta volverse impronunciables o que iban a desaparecer ante la mirada altanera de esa morocha que pisaba segura sobre la pista. Pero aún si una erupción de coraje brotara de mi garganta y enlazara seis oraciones al hilo, cada palabra tenía además que destacar algún otro mérito que justificara la atención de aquella musa. Con la valentía sola no iba a llegar más lejos que cualquiera de esos descarados que probaban suerte ante la divinidad de aquella noche.

Toda tentativa de seducción se basa en el equilibrio entre disimular defectos y resaltar virtudes. Durante aquella noche, cualquier bache de silencio iba a revelar la farsa de mi seguridad arremetedora. Pero el papel de idiota diciendo estupideces no era más atractivo que el del galán enmudecido.

Avancé dos pasos hacia ella, pero sus ojos encendidos me descubrieron y disuadieron mi hidalguía. Fue una mirada repentina que me bastó para medir lo grotesco de mi cuerpo diminuto y desgarbado al lado de su figura celestial.

Volví a estudiar mis pasos antes de arrancar. Imaginé el abanico de posibles reacciones y armé un repertorio de recursos para tener a mano ante salidas inesperadas. Esperé que cediera el temblequeo de mi cuerpo y respiré profundo. Me acerqué a ella por detrás para tener a mano la posibilidad de consentir a mi cobardía por segunda vez. Cuando estaba a centímetros de su nuca volví a repasar la frase que le había robado a un poeta amigo y la solté impune:

- Si no te das la oportunidad de conocerme, no tendrás nunca el placer de olvidarme.

- Demasiado larga- pensé a mitad de camino. Con la última brisa de aire que me quedaba salieron las sílabas finales, casi imperceptibles.

Antes de mi desmayo ella se dio vuelta:

- Ubicate, pelotudo.- Sentenció.

3 comentarios:

Eva Row dijo...

Es bellísimo. Excelentemente escrito. Es un placer leerlo. Me emocioné. Me sorprendí. Me reí con el final. Un beso grande. Eva Row

Anónimo dijo...

Jajajaj...tal cual.

Mas miedo tenes, peor te va.

SI habrè tenido de esas...Dios MIo...

Abrazo Cristian, muy bueno.

Javier Alonso

Jorge G. dijo...

Me encantó.
Saludos,